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Natalia Iguíñiz presenta segunda parte de Historias de Maternidad
Existe amor materno, no instinto, dice Natalia Iguíñez, artista, mujer y madre de dos niños. Le cambió la vida serlo. En la muestra Pequeñas historias de maternidad II, que se exhibe en el espacio de la sala Porras Barrenechea del centro cultural Ricardo Palma, ella continúa con la saga de esa experiencia biológica-cultural que es la maternidad, y que inspira todavía su ingenio y creatividad.
En esta oportunidad, no alude a la vida que se gesta dentro de ella, sino a los efectos de ésta en el mundo exterior, como el compartir el rol materno con la niñera o reencontrarse con las vulnerabilidades de la infancia.
Entre la primera versión y esta segunda, Natalia ha sido mamá y, para ambos casos, la contemplación es el elemento que da continuidad a ambas experiencias.
La artista contempla. Y en la nueva muestra, esa vivencia personal reconoce que se produjeron cambios en su cuerpo real y concreto, como también en el simbólico y social que la maternidad tiene.
¿Esta contemplación le permitió establecer alguna relación entre creación y procreación? ¿Crear arte y procrear hijos?, le pregunto. Sí, me responde. “Recuerdo que mientras estaba criando a mis hijos, desarrollé un concepto que luego Sandro, mi esposo, plasmó en un artículo: crear y criar tienen la misma raíz etimológica. No hay crianza sin creatividad, y toda creatividad es una manera de gestar, de criar algo. Existe la criatividad”, expresa entusiasta.
Lo irónico de este hecho es que la mayoría de mujeres deja la crianza de sus hijos en manos de otras mujeres. Lo que pasa, dice Natalia, es que enfrentar a un ser humano recién nacido es enfrentarse a la propia vulnerabilidad de cuando éramos recién nacidos.
“Es más fácil encargárselo a otro, o irte a trabajar porque se tiene una obligación, que es lo que le ocurre a muchos hombres que justifican sus ausencias por el gran deber de proveer. Un recién nacido nos produce muchas ansiedades.”
¿Qué tensión libera Iguíñez en esta muestra? La de la afectividad, la que produce el dar y recibir amor, o el rechazo por el cuerpo transformado.
Exhibición materna
En la exposición aparece un gran cuadro en homenaje a la señora que hoy la acompaña en la crianza de sus hijos, quien antes le dedicó tiempo y cariño a otros niños, algunos de ellos jóvenes adultos hoy. Ahí aparecen pequeños, tal como los recuerda la nana.
También se exhiben una serie de dibujos hechos a lápiz y trazo leve, como si Natalia quisiera evitar los sentimientos encontrados que aparecen cuando miramos lo que mayormente no se exhibe de la maternidad: el cuerpo femenino después del parto.
Llama la atención una pintura de gran formato, en la que aparece un niño a contraluz, iluminación un poco siniestra que impacta en nuestra memoria y nos evoca las angustias que producen las demandas de los bebés, su dependencia para encaminar su existencia.
En otro salón puede verse una imagen que estremece: es el amamantamiento de una mujer a otra. Dice Iguíñez que es ella alimentándose. La madre que es ella hoy a la niña que fue. O su madre y ella misma.
Matices
Para el futuro, Natalia planea la tercera parte de esta saga. Es un tema inmenso, inabarcable, complejo, que la impresiona (y seguramente la seguirá impresionando).
Como los matices que va encontrando: la maternidad entre mujeres lesbianas, por ejemplo, o sentir cómo un cuerpo produce alimento para otro ser humano y use la tecnología para lograrlo, sin que ese recurso afecte el sentimiento amoroso.
Tema infinito la maternidad. Realidad todavía poco explorada desde el arte y sobre las emociones que ella moviliza. Elegir ser artista y ser madre son dos procesos que, según las vivencias, pueden ser placenteros o dolorosos, intensos, pero jamás leves.
Dato
Pequeñas historias de maternidad II permanecerá abierta hasta el 4 de enero en Larco 770, Miraflores.